“Sin problema, la busco ahora y esta misma tarde te la traigo… ¡claro que sé dónde está!”, le aseguré firme ante su mirada tierna.
Una camiseta azul con una banda horizontal y amarilla en el centro. ¿Dónde la guardé? Hacía tanto tiempo que me la prestó… ¿Y para qué la quería ahora? Tenía que encontrarla como fuera. Seguía siendo un desastre.
Caminé rápido hacia casa, aunque envejecía a cada paso que daba sin ser consciente de ello. Todavía conservaba varias cajas sin desembalar desde la última mudanza. Revisé toda la ropa del armario y la camiseta no apareció, así que me dispuse a abrir las cajas de la ropa vieja.
Una a una, poco a poco, las prisas desaparecieron. Cada objeto o prenda que caía en mis manos disminuía mi velocidad e incrementaba mi nostalgia. Pasaron las horas acariciando recuerdos: ropa que incluso juraría no haber tenido, complementos, zapatillas… y sólo quedaba una caja, precintada como las demás, llena de buenos momentos ya embalados.
Entre mis cosas, que ahora parecían ajenas, encontré un sobre lleno de fotografías de mi juventud. Grandes fiestas, excursiones al campo, muñecos de nieve, abrazos sentidos y enormes sonrisas regadas por vino barato que nos dejaba la boca hecha un trapo. Pero me detuve en uno de esos puñados de fotos. Eran imágenes de ambos, embriagados por las noches de amistad desenfrenada, y de repente lo recordé todo. “La camiseta de esa noche, tu camiseta azul...”, pensé.
Seguí buscando entre los retales de aquel túnel al pasado que había entrado en mi alma como la brisa refrescante de un verano junto al mar. Y encontré aquella cinta de pelo, la misma que yo llevaba en esa foto. Ahora lo entendía todo, aunque quizás se había hecho tarde. A sabiendas de que seguiría envejeciendo a cada paso, abracé la foto y salí corriendo. Tenía que devolverle esa camiseta que nunca guardé yo.
Pasaron los años y hoy sigo siendo un desastre.

